La incertidumbre y el dolor marcan la vida de Melany Toyo desde que recibió el breve mensaje de su primo Víctor Guanipa Toyo, quien le comunicó a su madre que había llegado a Venezuela tras ser deportado desde Estados Unidos. La tristeza y la preocupación se intensificaron unas horas después, cuando dos poderosos terremotos sacudieron el país, dejando un rastro de devastación y caos. Desde ese momento, la familia no ha tenido noticias sobre Víctor, una situación que se repite en muchas viviendas a lo largo del país, donde los familiares de cerca de un centenar de venezolanos deportados se encuentran en la misma penosa búsqueda de información y respuestas.
Los migrantes, que viajaban en un vuelo que aterrizó en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar poco antes de los sismos, fueron trasladados al Hotel Santuario La Llanada en La Guaira, donde aguardaban la finalización de los trámites para regresar a sus hogares. Sin embargo, el edificio fue una de las tantas estructuras que colapsaron durante los temblores. Las familias de los deportados han recorrido hospitales, morgues y refugios en busca de sus seres queridos, pero las autoridades han fallado en proporcionar información clara sobre quiénes sobrevivieron, quiénes están hospitalizados y quiénes permanecen desaparecidos.
La confusión en torno a la situación de los deportados ha causado angustia entre sus familias. Melany Toyo comparte el dolor de esperar respuestas, a la vez que relata las distintas versiones que reciben de los funcionarios; algunos hablan de 16 sobrevivientes, otros indican que solo han sobrevivido mujeres. Esta falta de comunicación y la falta de una lista oficial de sobrevivientes o víctimas han alimentado el desasosiego entre aquellos que buscan aferrarse a la esperanza de que sus seres queridos estén vivos.
Mientras el caos se apodera de La Guaira, algunos sobrevivientes han logrado salir por sus propios medios. Lisbeth Portillo, una mujer de 58 años, narró su experiencia tras escapar del hotel colapsado y recorrer varios kilómetros hasta encontrar ayuda. «He vuelto a nacer; Dios me dio una segunda oportunidad», afirmó emocionada al reunirse con su familia, aunque la experiencia traumática sigue dejándole huellas. En el contexto más amplio, las autoridades han informado que el número oficial de fallecidos asciende a 1,943, aunque muchas personas siguen desaparecidas, y los equipos de rescate continúan su ardua labor de remover los escombros.
Para las familias de los deportados, la realidad es más sombría; el tiempo se ha detenido en su búsqueda. No están interesadas en estadísticas ni informes oficiales, solo anhelan recibir una llamada que les brinde información sobre el paradero de sus seres queridos. Esta angustiante espera se convierte en una prueba diaria de resistencia mientras atraviesan incertidumbres y mantienen la esperanza de que, a pesar de la devastación, alguno de sus familiares haya logrado sobrevivir a la tragedia.








