Agobiados por el calor y marcados por la tragedia, cientos de familiares esperan a la entrada de la morgue del Instituto Nacional de Patología Forense en Santo Domingo, donde la desolación se siente en el aire. Las miradas perdidas y las expresiones de impotencia reflejan un dolor colectivo que permea el ambiente, mientras vehículos fúnebres entran y salen, transportando los cuerpos de las víctimas del colapso de la discoteca Jet Set. Gloria García, una mujer que aguarda con desesperación la entrega del cuerpo de su sobrina, exclama entre lágrimas: “¡Queremos que nos entreguen nuestros muertos!”. El sufrimiento de la espera se magnifica al recordar cómo su sobrina celebraba su cumpleaños en la discoteca cuando toda la tragedia se desencadenó en una noche que debería haber estado llena de alegría.
La situación es caótica en las afueras de la morgue. Los esfuerzos por organizar a los familiares de las víctimas se palpan en la presencia de voluntarios que reparten agua y alimentos, así como en la instalación de una carpa que ofrece un resguardo temporal. Sin embargo, la frustración entre los dolientes es palpable. En medio de su dolor, una madre que busca dar a su hija “una cristiana sepultura” pregunta entre sollozos y susurros por los nombres de los desaparecidos. Alguien con un micrófono llama a los familiares de las víctimas, algunos responden con la incertidumbre dibujada en sus rostros, mientras otros se encuentran en un estado de inminente ansiedad e impotencia, sabiendo que su ser querido podría no estar entre los que han sido identificados.
Mientras se desarrollan las labores de búsqueda y recuperación en el lugar del incidente, la incertidumbre continúa afectando a quienes buscan a sus seres quedados bajo los escombros. María Luisa Taveras, que ha recorrido hospitales y morgues en vano, aguarda la esperanza de encontrar a su hermana Luisa, madre de tres pequeños. La conexión entre ambas, un lunar característico en su rostro, es una de las pocas cosas que María Luisa se aferra mientras escudriña entre las ruinas de la discoteca. A su alrededor, otros familiares abrazan sus fotos y describen sus recuerdos con una mezcla de nostalgia y desesperación, uniéndose en su inquebrantable deseo de hallar respuestas sobre sus desaparecidos.
La labor de recuperación de cuerpos se cerró con un saldo desgarrador: 221 víctimas fatales y 189 sobrevivientes rescatados. Los esfuerzos incansables de personal de la Defensa Civil, cuerpos de rescate y voluntarios han marcado una semana de intenso trabajo, en medio de lágrimas y despedidas. Estela Abreu, quien ha estado al frente de la operación, ha enfrentado el momento doloso de informar a los familiares sobre sus pérdidas. Con voz quebrada, comparte cómo el peso de las malas noticias ha sido abrumador, pero al mismo tiempo reconoce el valor de seguir adelante. La tragedia ha dejado una herida abierta en la comunidad, que aún busca respuestas sobre las causas del colapso y añora la vida de aquellos que fueron a la discoteca buscando una noche de entretenimiento.
En el epicentro de la tragedia, conocido como “zona cero”, las reflexiones sobre la seguridad y las normativas constructivas resuenan entre las autoridades y la ciudadanía. Luego de concluir las labores de rescate, las miradas se dirigen al futuro y a la necesidad de esclarecer las causas que llevaron a este catastrófico evento. Juan Manuel Méndez, director del Centro de Operaciones de Emergencia, expresa entre lágrimas su dolor por la pérdida de vidas y la impotencia de no haber podido salvar a todos. Las preguntas quedan flotando en el aire: ¿por qué colapsó el techo de la discoteca Jet Set?, ¿qué medidas se deben implementar para evitar que tragedias como esta se repitan en el futuro? La herida sigue fresca y el deseo de justicia y verdad se convierte en el eco que acompaña a quienes aún siguen esperando respuestas.






