Una ola de ataques ha sacudido el suroeste de Colombia durante el último fin de semana, provocando un gran número de muertes y heridos. El ataque más mortífero ocurrió el sábado en Cajibío, Cauca, donde al menos 20 personas perdieron la vida y más de 26 ataques fueron informados en diversos municipios, incluyendo un carro bomba que estalló en una base militar en Cali. Las autoridades han calificado estos actos de terrorismo, y el presidente Gustavo Petro ha responsabilizado directamente a las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, resaltando la gravedad de la situación a poco más de un mes de las elecciones presidenciales programadas para el 31 de mayo.
El ataque en Cajibío tuvo lugar en la zona conocida como El Túnel, un punto estratégico que conecta Cali con Popayán. La detonación de un cilindro lleno de explosivos no solo destruyó un autobús y varios vehículos, sino que también causó un socavón en la carretera. Testigos describieron la fuerza de la explosión, que lanzó vehículos por los aires y dejó una escena de devastación a su paso. Los equipos de rescate llegaron rápidamente, enfrentándose a un panorama desgarrador con varios cadáveres y numerosos heridos, lo que subraya la magnitud del horror que vivieron los locales.
Entre las víctimas, se encontraban campesinos y habitantes de zonas rurales cuyo viaje por la carretera terminó trágicamente. Se reporta que 15 mujeres y 5 hombres fallecieron, muchos de los cuales estaban involucrados en iniciativas de paz en la región. La comunidad de La Palma ha lamentado la pérdida de aquellos que trabajaron en la construcción de un futuro mejor y más pacífico. Las identidades de las víctimas revelan historias personales impactantes, como la de Patricia Mosquera, una destacada activista social que luchó por la defensa del medio ambiente.
Las autoridades han identificado a alias Marlon, líder de una estructura militar implicada en los ataques, como uno de los principales responsables. Las recompensas ofrecidas para su captura, así como la persecución de otros líderes disidentes como Iván «Mordisco», destacan la urgentísima búsqueda de justicia en medio de un clima de caos. Analistas advierten que estos ataques apuntan a un intento deliberado de desestabilizar el país y aprovechar el contexto electoral para sembrar el miedo en los ciudadanos, lo que podría influir en la dirección del próximo gobierno.
En el contexto del suroeste colombiano, donde la violencia ha sido histórica y persistente, la situación actual es alarmante. La presencia de diversas facciones armadas y su conexión con el narcotráfico complican aún más el panorama. La escalada de ataques y violencia, marcada por el uso de tácticas modernas como drones y carros bomba, indica una realidad devastadora para la población civil. Además, con las elecciones próximas, muchos se preguntan si se verán más episodios de violencia como una estrategia para alterar el curso político y fortalecer intereses de extrema derecha, lo que amenaza con deteriorar aún más la democracia en Colombia.








