A las 6:06 de la tarde, hora de Caracas, un audio urgente de mi hermana Verónica llegó a mi teléfono a través de WhatsApp. Su voz, jadeante y llena de temor, alertaba sobre un fuerte temblor que sacudía la capital venezolana. En el fondo, se podía escuchar a mi madre, pero las palabras no eran claras. Verónica describía una situación caótica en su apartamento en Los Palos Grandes, donde los daños parecían severos. Sin duda, el impacto de los sismos se había hecho sentir con fuerza, ya que el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) había informado que el primer sismo alcanzó una magnitud de 7,2, seguido por una replica de 7,5 solo 39 segundos después. La desesperación empezaba a apoderarse de mí mientras intentaba de forma frenética obtener más información sobre la seguridad de mi familia y amigos en la región.
Después de escuchar el audio, inmediatamente traté de llamar a Verónica. Vivía en una zona conocida por su alta actividad sísmica, y este evento trágico evocaba recuerdos de supervivientes del sismo de Caracas en 1967. Afortunadamente, esa tarde era feriado y mi madre y hermana disfrutaban juntas del día. Sin embargo, mis intentos de comunicación fueron infructuosos; la llamada no fue respondida. Un nuevo intento dirigido a mi madre fue igualmente inútil. La tensión aumentaba con cada segundo que pasaba sin noticias, mientras la posibilidad de que algo grave hubiera ocurrido se hacía cada vez más real.
En las redes sociales y en los chats de mis colegas periodistas, se multiplicaban los mensajes. Un amigo en Caracas respondía con un «HORRIBLE» mientras otros compartían la desesperación de los momentos críticos que estaban viviendo. La conexión a Internet y las líneas telefónicas estaban dañadas, imposibilitando la comunicación con los seres queridos. A medida que recibía más mensajes, la sensación de impotencia se intensificaba. La llegada de alertas sobre posibles tsunamis también incrementó la alarma, y me encontré revisando contactos con la esperanza de que alguno pudiera tener información sobre la condición de mi tía, tío y primos en otras zonas del país.
A medida que los minutos pasaban, la situación en Caracas se tornaba más alarmante. Videos comenzaban a circular, mostrando a personas aterrorizadas intentando salir de edificios colapsados, mientras otras, atrapadas, gritaban pidiendo ayuda. Recibí un mensaje que contenía imágenes de un edificio desmoronado, y el corazón me dio un vuelco al reconocerlo como uno ubicado cerca de donde se encontraban mi madre y Verónica. La inquietud se adueñaba de mis pensamientos, preguntándome si su hogar aún se mantenía en pie, mientras la cobertura mediática empezaba a reportar la magnitud de los daños en otras regiones.
Finalmente, tras una larga espera, una colega periodista logró restablecer la comunicación con mi hermana y me puso en altavoz para escucharla. Su voz llena de alivio me informó que estaban a salvo, fuera de su casa, aunque el deterioro del edificio era evidente. Verónica compartió su experiencia aterradora: la sensación de inminente muerte durante los temblores, y cómo habían tenido que refugiarse en la parte más segura del apartamento mientras los gatos se escondían. Su relato, aunque tranquilizador por saber que estaban bien, también revelaba el impacto emocional y físico de los daños sufridos. Con una mezcla de alivio y angustia, planificamos su regreso mañana para evaluar la situación y ver si aún tendrían un lugar donde vivir.








