El atentado contra el precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay ha revivido en Colombia un sentimiento colectivo de déjà vu, evocando los ecos de un pasado marcado por la violencia y el terror. Uribe, una figura emblemática de la derecha colombiana, fue víctima de un ataque que culminó con su trágica muerte en agosto de 2025, solo dos meses después. Este suceso ha dejado a muchos colombianos con una sensación de fatalidad, recordándoles los años en que los magnicidios y la violencia desenfrenada dominaban la vida política y social del país. A pesar de los logros logrados desde la firma del acuerdo de paz en 2016 y del cambio hacia un enfoque más social bajo el mandato de Gustavo Petro, este nuevo capítulo de violencia cuestiona la capacidad de Colombia para superar su pasado oscuro.
Durante el gobierno de Gustavo Petro, la conversación política se centró en una ambiciosa propuesta denominada «Paz Total», que intentaba establecer diálogos con diversos grupos armados, desde las disidencias de las FARC hasta grupos narcotraficantes. Sin embargo, el atentado contra Uribe Turbay ha resaltado la fragilidad de esta paz inestable. Los esfuerzos por desmovilizar a los grupos armados han tenido resultados mixtos y han revelado que la violencia en Colombia se ha fragmentado, transformándose en una multiplicidad de formas de criminalidad. En las vísperas de las elecciones, este resurgimiento de la violencia ha llevado a muchos colombianos a cuestionar el futuro de la seguridad en el país.
Con el Telón de fondo de la tragedia de Uribe, los candidatos a la presidencia están utilizando el miedo como principal estrategia de campaña. La Defensoría del Pueblo ha alertado sobre las amenazas que enfrentan los aspirantes y sobre la influencia de grupos ilegales en el proceso electoral. Cada candidato presenta una visión distinta para afrontar la situación de inseguridad. Iván Cepeda, del oficialismo, aboga por una continuación de la Paz Total, mientras que Paloma Valencia, representante del uribismo, propone un regreso a una mano dura contra el crimen. Por su parte, Abelardo de la Espriella, un abogado polémico, propone un enfoque más radical, con una evidente inclinación hacia medidas drásticas para combatir al crimen.
La violencia en Colombia ha adquirido matices más complejos, con nuevas dinámicas que requieren soluciones adaptadas a sus particulares orígenes. La expansión de grupos armados ha complicado la gestión de la seguridad, y a pesar de que muchos ciudadanos sienten cada vez más preocupación por su seguridad cotidiana, solamente un pequeño porcentaje cree que las estrategias implementadas actualmente están dando frutos. Este escenario de incertidumbre se refleja en las encuestas, donde el miedo a la violencia ha vuelto a dominar la agenda electoral, relegando los debates sobre propuestas concretas y soluciones efectivas al fondo de la contienda.
Finalmente, la muerte de Miguel Uribe Turbay es un recordatorio del costo humano de la violencia política en Colombia, donde la herida de la guerra permanece abierta. La percepción de la seguridad y la violencia sigue condicionando el comportamiento electoral de los ciudadanos, quienes parecen optar por posturas más radicales y categóricas en un contexto de miedo. Las próximas elecciones no solo enfrentarán a candidatos con visiones distintas de la paz y la seguridad, sino que también cambiarán la narrativa y el futuro de un país en constante lucha por superar sus demonios. Mientras el ciclo electoral avanza, la interrogante permanece: ¿podrá Colombia finalmente dejar atrás su legado de violencia?








